Martín se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como: «Veintiocho años de servicios» y «hay que cerrar los ojos.»
—Parece que todavía me guarda algún rencor porque me permití descubrir el escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando.
—Estás prevenido contra él—gruñe Martín;—lo mismo que Gertrudis... Sois injustos, cruelmente injustos con él.
Juan mueve alegremente la cabeza; y, señalando con el dedo una puerta que conduce a una habitación de madera, recién construida, pregunta.
—¿Qué es eso?
Martín, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza.
—Mi despacho—balbucea al fin.
Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldón de la chaqueta.
—Te ruego—refunfuña—que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca... tengo mis razones.
Juan lo mira disgustado y está a punto de preguntarle: «¿Desde cuándo tienes secretos para mí?» Pero la súplica que lee en los ojos de su hermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos del brazo.