Martín menea la cabeza, dirigiendo su mirada a la joven, cuyas locuras y niñerías conoce perfectamente. Al cabo de un instante, coge la mano a Juan y dice, señalando la puerta con el dedo:

—Responde, ¿te parece que ella quiera hacerte partir?

—¡De ningún modo!—dice Juan con risa un poco forzada.

—¡Ah, muchacho!—exclama Martín rascándose la cabeza desgreñada;—¡por cuántas desazones he pasado! ¡Cuántas veces me he agitado en el lecho pensando en ti y en la falta que había cometido tal vez contigo!...

Después de una pausa continuó:

—Y sin embargo al verla tan dulce, tan inocente, dime, muchacho ¿me habría sido posible no amarla? Desde que la vi, no fui dueño de mi persona. Me recordaba a mi Juan de tantas maneras... era jovial y tenía los ojos brillantes, donde se leía una loca alegría, exactamente como en ti. Era una criatura, es verdad, y sigue siéndolo hasta hoy... descuidada, turbulenta, traviesa como un niño. Y, cuando no se le tiene la rienda un poco corta, amenaza trastornarlo todo. Pero me gusta así—y un resplandor de ternura ilumina sus rasgos—y pensándolo bien, yo no podría pasarlo sin sus locuras. Ya lo sabes, siempre tengo necesidad de hacer el padre con alguno; en otro tiempo te tenía a ti, y ahora la tengo a ella.

Después de haber desahogado su corazón, Martín se sume en un profundo silencio.

—¿Y eres feliz?—pregunta Juan.

Martín lanza densas bocanadas de su pipa; en medio de la nube en que se ha envuelto, murmura después de una nueva pausa:

—¡Hum! eso depende...