—¿De qué?
—De que tú no le guardes rencor.
—¿Yo, guardarle rencor?
—Vaya, vaya, no te defiendas.
Juan no responde. No le costará mucho trabajo convencer a su hermano; y, cerrando los ojos, hunde de nuevo la cabeza en los pámpanos que agita el aire.
Un rayo de luz le hace alzar los ojos.
Es Gertrudis que, de pie en el umbral de la puerta, con una lámpara en la mano, aparece toda confusa. Su gracioso rostro está cubierto de vivo color y sus pestañas bajas lanzan sobre sus mejillas dos sombras semicirculares.
—¡Qué loquilla eres!—dice Martín acariciando tiernamente sus cabellos en desorden.
—¿No quieres ir a acostarte, Juan?—pregunta ella con gran seriedad.
Pero su voz hace traición todavía a una leve risa que trata de reprimir.