—Vamos, Juan, continúa.

Y, como él no quiere acceder a esa petición, la joven frunce los labios y se pone a silbar imperfectamente algunas notas.

Entonces se oye gruñir, en el interior de la casa la voz profunda de Martín, que dice paternalmente, en tono de reproche:

—No hagas tonterías, Gertrudis; déjalo dormir.

—¡Pero si no duerme!—responde ella en el tono enfurruñado del niño a quien reprenden.

Después la ventana se cierra y las voces se apagan.

Juan menea la cabeza riendo y se mete en la cama; pero no puede dormirse a causa de las flores que Gertrudis ha puesto a la cabecera y cuyas hojas llegan hasta el borde del lecho. Con los manojos de lilas violáceas se mezclan los narcisos de cáliz estrellado de suave blancura. Se vuelve, después de arrodillarse en la cama, y hunde su rostro en las flores. Los pétalos delicados lo acarician y besan sus párpados y sus labios.

De pronto presta oído. Del suelo sube el rumor de una risa apenas perceptible, como si llegase del centro de la tierra; una risa leve como el ala del viento rozando la hierba... ¡pero tan alegre, de tan loca alegría!...

Escucha un instante y espera oírla por segunda vez; pero todo queda en silencio.

—¡Qué loquilla!—dice alegremente.