Vuelve a caer sobre la almohada, y se duerme con la sonrisa en los labios.

VII

A la mañana siguiente, Juan busca en el cuarto sus ropas de trabajo. Le aprietan un poco en los hombros. ¡Cristo! ¡cómo ha engrosado!

Ya está alto el sol. Le parece que pone menos luz y calor en cualquier parte que no sea en aquella soledad florida. Es una cosa particular el sol del país natal. Dora todo lo que toca, y brotan canciones de los labios que acaricia. ¡Qué hermosa es la vida en la casa paterna! ¡Viva la alegría!

—Tengo ahora en casa todo un nido de alegres pájaros;—dice riendo Martín, que va a darle los buenos días. Sigue cantando, muchacho... Estoy acostumbrado desde que vive aquí Gertrudis... Pero ¿qué vas a hacer con esa blusa blanca?

—¿Crees acaso que voy a estar aquí de brazos cruzados?

—Descansa un día más.

—¡Ni una hora! Mis ropas de holgazán están colgadas ya de un clavo.

Martín ha visto las flores que están a la cabecera del lecho, y dice riendo de mala gana.

—¡Habrase visto! Le he prohibido que haga eso conmigo y te da a ti esa mala broma. Por eso estás hoy tan pálido.