—¿Pálido, yo? No lo creo.

—No le digas nada. Yo le prohibiré que haga estas tonterías.

Y bajan los dos juntos.

No se ve a Gertrudis en ninguna parte de la casa.

—Está en el jardín desde las cinco—dice Martín sonriendo con complacencia.—Todo marcha aquí al vapor desde que ella tiene la dirección de la casa... Es viva como una ardilla, y está en pie desde el alba; y siempre contenta... siempre entonando canciones y soltando gritos de alegría.

Al dirigirse al molino, los dos hermanos ven pasar por arriba de ellos, rozando sus cabezas, un tronco de zanahoria.

Martín se vuelve riendo, y hace con el dedo un ademán de amenaza.

—¿Quién es?—pregunta Juan, recorriendo con la mirada el patio, donde no se ve alma viviente.

—¿Quién quieres que sea, sino ella?

—¿Y no ves nada que indique dónde está?