—Nada absolutamente... Es un verdadero diablillo, se hace invisible cuando quiere.
Y, con el rostro radiante, sigue a su hermano al molino.
Pasan las horas. Juan quiere demostrar lo que puede hacer, y trabaja con gran energía. Mientras está vigilando en la galería el trituramiento del grano en la tolva, siente que le tiran de la blusa.
Mira hacia abajo. Gertrudis, de pie en la escalera, con las mejillas tostadas por el sol y los ojos brillantes, le hace una seña con el dedo:
—Ven a almorzar.
—Al instante.
Termina su trabajo y se coloca a su lado.
—¡Brrr!—exclama la joven sacudiéndolo;—¡cómo te has vestido!
—¿Y qué?
—Ayer me gustabas más.