Dicho esto, le tiende la mano para darle los buenos días, y baja apresuradamente la escalera, divirtiéndose en esparcir delante de ella una lluvia de harina.
Al pasar por delante de la habitación que Martín llama su despacho, su rostro toma una expresión misteriosa, y deteniéndose, levanta las dos manos en el aire, como para conjurar un espíritu.
Al cabo de un instante, pregunta en voz baja:
—Di, ¿qué hay ahí dentro?
—No sé.
—Yo tampoco. ¿No tienes permiso para entrar ahí?
—No.
—¡Alabado sea Dios! Entonces no soy yo sola la tonta... Cuando tengo que decirle algo, es preciso que llame a la puerta... Vamos, di la verdad, ¿te parece que eso está bien? Yo no soy una chiquilla para que... Pero me callo; no hay que hablar mal del marido. Sin embargo, tú eres su hermano; intercede por mí junto a él, ruégale que me diga qué hay dentro. ¡Si vieras cuan intrigada estoy!
—¿Te figuras que me lo dirá?
—Entonces tendremos que consolarnos juntos... Ven.