—Ve a buscar las canciones.

Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durante la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad les recorre el cuerpo.

He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña:

El conde Orsinski a su amada

En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón,
Transformadas en dulce armonía,
Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.

Y esta antigua romanza popular:

Enrique descansaba junto a su reciente esposa,
Rica heredera de las orillas del Rin...
Suena la media-noche, y a través de la cortina,
Pasa de pronto una mano blanca y delicada:
¿A quién vio? A su Guillermina,
Que se erguía ante él envuelta en un sudario.

Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de la sombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo tiempo, un delicioso éxtasis.

Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada: La bella molinera.

—¿Dónde has encontrado esto?—pregunta Gertrudis, impresionada por el título.