—Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un gran cuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero de apellido y creo que ejercía además ese oficio.
—¡Lee, lee, pronto!—exclama Gertrudis.
Pero Juan se niega.
—Es demasiado triste—dice cerrando el libro.—Será otra vez.
Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.
—Ven esta tarde conmigo a la presa—dice;—tengo que hacer allá. Nadie nos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que... naturalmente...
Y guiña el ojo en dirección al despacho. Gertrudis hace una señal con la cabeza. Se entienden a maravilla.
XI
Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por las miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a conocer los secretos de «la bella molinera.»
Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba está húmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a sus oídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas. Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; los árboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado profundas para ser transparentes.