¡La hermosa molinera es mía!

Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío! ¿qué más puede suceder?»

Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el color verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador. Gertrudis experimenta inquietud.

—¿Qué viene a hacer ese aquí?—murmura dando con el puño en la viga.

El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:

Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo,
Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...

Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un ademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluya bien!

Y después:

Florecillas que me dio ella,
Que os pongan a todas en mi tumba.

Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigue confiando en la desaparición del cazador y en la conversación de la molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo comienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero, pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo: