¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena...
Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?

Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir ese estúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?... En seguida viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo, y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle: «¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esas extrañas palabras de cámara de cristal azul? ¿Por qué es preciso que duerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de los riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene que tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la orilla, sino en el fondo.

Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:

—¡Basta! ¡basta!

—Gertrudis, ¿qué tienes?

Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez más abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia atrás.

Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para recibirla en sus brazos.

—¡Por el amor de Dios, Gertrudis!—dice con la voz trémula, respirando con esfuerzo.

Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho de Juan, le echa los brazos al cuello y llora.

Al día siguiente dice Gertrudis: