Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.
—Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro—murmura la joven.
Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, al descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.
—¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?—dice Juan riendo.
—Lo buscaremos.
Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino está parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de llaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.
—¿Adónde vais?—pregunta Martín alzando los ojos del libro.
—Una gallina está poniendo fuera del gallinero;—dice vivamente Gertrudis.—Vamos a buscar el nido.
Y ni siquiera se pone colorada.
Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en la granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los trastos viejos.