Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y de repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón más recóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre los haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje inservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacos de harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensilios pequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de telarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría; cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra se reúne y delibera.
¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaría por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido de los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra y de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan los cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento los instrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todas las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.
Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan a la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar la expresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar en sus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenaza sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.
Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan, sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblante enrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ella suelta la azada y se precipita con él al patio. Delante de la balsa está el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, y sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanas del molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, y Martín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.
La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir de risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a sus enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el terrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo, que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno de lástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados y dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas, que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.
Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la broma que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho. Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como «veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».
Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir: «¡Qué aguafiestas!»
Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial de alegría, que saborean en secreto.
XIII
El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está desierto.