—¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos ocurra alguna idea.

Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del mediodía lanza sus rayos ardientes.

—Abre el molino—dice Gertrudis.—Allí hace fresco.

El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra de la sala, donde reina el silencio del domingo.

—Sola, tendría miedo aquí—dice, volviéndose hacia él y mostrando con el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso en medio de la semiobscuridad.

La joven aparta los dedos y tiembla.

—¿Nunca te ha dicho nada?—susurra al cabo de un instante inclinándose hacia su oído.

El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría; respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.

Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.

El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito; Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no hay peligro, entonces todo está inmóvil.