Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y, echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una llavecita atada a un cordón de negro.

—¿Qué es esto?—pregunta en voz baja.

Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como interrogándola.

Ella hace un signo con la cabeza.

—¡Colócala en su sitio!—exclama él asustado.

La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal que brilla.

—Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí—murmura.

—¡Colócala en su sitio!—exclama él, una vez más.

La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.

—¡Esto es lo que podíamos hacer!...