Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y trata de leer en su rostro lo que piensa.

El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el presentimiento de que van a cometer una falta.

—La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.

El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!

—Y además, ¿qué mal hay en eso?—continúa la joven.—¿Por qué es él tan misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos parientes, en el mundo?

—Por eso precisamente no deberíamos engañarle.

La joven golpea la tierra con el pie.

—¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!

Y en tono enfurruñado añade:

—Vaya, no hablemos más.