Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea, tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.

Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños» han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.

A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho Gertrudis se arma de valor y dice:

—Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo. Dejemos dormir esa tonta historia.

—¡Si fuera tan fácil hacer como decir!—exclama él con expresión melancólica.

Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.

—En realidad es muy fácil.

Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots criminales.

No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.

Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está como embriagada; desaparece bajo las flores.