Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.

Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.

—Ven—dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.

Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.

—Guarda primero la llave—dice él.

Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los persiguiesen.

XIV

Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros tiempos.

Se han convertido en cómplices.

¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho! Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos abiertamente.