Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.
—Hoy van a bailar allá, en la aldea—dice.
—¿Querrías ir tú también, gatita?
Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.
—«Pero, como no puedo, me quedo en casa»—murmura él.
—¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?—dice ella afectando cierto despecho;—acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador, que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía? Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera existido.
—¿Qué edad tenías entonces?
Ella vacila un instante, y responde a media voz: