Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.
De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.
—¿Iríais de buena gana, eh?
Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una aquiescencia.
—Bueno, vamos.
Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan con vacilación; después dice meneando la cabeza.
—No tengo ganas.
—¿Qué es eso?—exclama Martín completamente atónito.—¿Desde cuándo no tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?
Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven se levanta, dice buenas noches y desaparece.
Un momento después los dos hermanos se separan.