Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos temblorosas.
No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile, para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»
La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.
Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y, cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:
—Escucha, he hecho una mala acción.
—¿Cuál?
—He roto tu vaso.
—¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?
—¿Qué quieres que sea?
—Creía que lo habías hecho a propósito—replica ella, muy indiferente en apariencia.