XVII

Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a nadie, y a Martín lo menos posible.

Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededor del molino de Felshammer.

El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casi restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.

La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas. Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolía apacible que es propia de los convalecientes.

Tiende la mano a Juan con una sonrisa.

—¿Cómo estás?—pregunta él dulcemente.

—Bien, como ves—responde ella mostrando la tela blanca.—Ya estoy pensando en el baile.

—¿Qué baile?—pregunta él con admiración.

—¡Qué poca memoria tienes!—dice ella tratando de bromear.—El domingo próximo es la fiesta de los tiradores.