De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermano repercuten en el vestíbulo.

Se pone en pie de un salto, y se sienta.

La figura de Martín aparece en el emparrado.

—¡Hermano! ¡hermano!—exclama Juan.

—¿Estás ahí, muchacho?—y se deja caer sobre el banco con un suspiro ruidoso.—Ya está mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar; ahora descansa muy tranquila, y su respiración es profunda. Me he dejado estar un momento junto a la cama contemplándola. ¡Estoy muy desconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil, como en un espejo... y de repente... ¿Qué será esto? Por más que reflexiono, no encuentro explicación alguna. ¿Estará triste porque no tiene... ninguna esperanza de ser madre? Sí, quizás sea eso. Sin embargo, siempre había guardado para mí mi ardiente deseo... no quería causarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todavía no es más que una chiquilla, está lejos aún de la madurez necesaria para llenar bien los deberes de madre. ¡Sí, hay que tener paciencia!

Y así consuela Martín su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juan guarda silencio. ¡Tiene el corazón tan lleno, tan lleno! Querría demostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cómo. Querría librarse de su propio martirio, y, cogiendo la mano de Martín, le dice desde el fondo del corazón:

—¡Oh! sí ¡todo marchará bien, todo se arreglará!

—¿Por qué no?—balbucea el otro.

Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de él, con la frente pensativa, y después, con expresión contrariada:

—Vete a dormir, Juan. La rueda rota está dando vueltas en tu cabeza.