—No, hija mía, no se ha roto—dice Martín, cuyos ojos se llenan de lágrimas.—No se romperá... la nuestra. Seguirá girando mientras nosotros vivamos.

Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada ante una visión.

—¿De dónde has sacado esa idea?—continúa el marido.—¿Acaso no estás tan contenta como creíamos? ¿No está aquí Juan, con nosotros? ¿No vivimos todos felices y satisfechos... trabajando desde la mañana hasta la noche? ¿Por dónde ha de venir la desgracia? ¿por qué ha de venir? ¿Acaso no velamos también para que tu padre tenga lo necesario?...

Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente.

No encuentra nada que decir, y, dirigiéndose a Juan, que está vuelto de espaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a la entrada del emparrado:

—¿Por qué cantabais cosas tan tristes?—le dice en tono rudo.—Yo mismo me sentía... no sé cómo, cuando empezasteis; y ella... ella no es más que una mujer.

Gertrudis menea la cabeza como diciendo: «No regañes...» Después se levanta, murmura casi sin mover los labios un «buenas noches» apenas perceptible, y entra en la casa.

Martín la sigue.

Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todavía levantarse delante de él con los ojos brillantes, y después desplomarse de pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberse precipitado más pronto hacia ella para impedir que cayese.

De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta. Comprende entonces lo que ha pasado en él la víspera de San Juan, por qué ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como para romperlo por segunda vez... No es más que un impulso de tortura infernal; después, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor, una noche sombría y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente, como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permanece obscuro; sombra y misterio es para él lo que acaba de experimentar. Le parece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustia indefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio donde ha caído Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ángulo del banco, gime dulcemente.