Sus voces se pierden en un murmullo trémulo. El deseo y la esperanza, las tristezas de la separación y el dolor de la muerte, todo esto se adivina en los sonidos que se escapan de sus labios.
El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lágrimas; pero sus ojos brillan. Irguiéndose de repente, entona la vieja y melancólica canción del molinero, la canción de la casa dorada que se alza «en lo alto de la montaña». Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban la primera estrofa y comienzan la segunda:
Abajo, en aquel valle,
El agua hace girar una rueda
Que no muele más que el amor,
Toda la noche y todo el día.
La rueda del molino se ha roto...
En eso... un grito... una caída... Gertrudis se ha desplomado, y con la frente apoyada en la pared solloza desesperadamente.
Los dos hermanos se levantan. Martín le toma la cabeza entre las manos y murmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vez con más violencia.
Y él, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, que está pálido como un muerto, y le dice:
—¿Qué tienes?
Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia él y, como buscando su protección, oculta en su hombro el rostro bañado en lágrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata de calmarla; pero el pobre Martín entiende poco de consuelos, y cada palabra que dice a media voz parece un juramento ahogado.
La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y, como si quisiese continuar su canto, murmura todavía medio sofocada por los sollozos:
La rueda del molino se ha roto...