Bello rosal florido,
Cuando veo a mi amor...
comienza con una especie de grito de alegría.
El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza.
Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos de sus corazones acompañan sus acentos. Esas voces crecen y se elevan llevadas por la ola de su sangre, y después vuelven a apagarse, como si un dolor íntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida.
Puesto que no se puede expresar todo,
Puesto que el amor es infinito,
Puedes preguntar a mis ojos
Cuánto te quiere mi corazón...
¿Por qué se cruzan de pronto sus miradas?
¿Por qué tiemblan los dos como si una descarga eléctrica les sacudiese los miembros?
No pasa una sola hora de la noche
Que no se despierte mi corazón;
Que no piense en ti,
Que no piense que me has dado mil veces tu corazón...
¡Qué embriaguez de pasión en su acento febril! ¡Cómo se buscan sus voces! ¡parece que quisieran besarse!
En la orilla del torrente crecen los sauces,
En los valles se extiende la nieve;
Querida niña, tenemos que separarnos...
Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte...
La separación, amada mía, es cruel...