—¿Por qué no lo dices, entonces, en seguida?—replica ella, tratando de ponerse en armonía con su alegre tono.

Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza las manos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en dirección al palomar.

—¡Qué vamos a cantar?—pregunta.

—«¡Ay! ¿cómo es posible eso?...»—propone Juan.

Ella menea la cabeza.

—Nada que hable de amor—dice con sequedad.—¡Es siempre tan estúpido!

El le dirige una mirada sorprendida.

Después de un instante de reflexión, entona un aire de caza. Ataca vigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olas en el mar. Sorprendidos por esa armonía, se miran; nunca han cantado tan bien.

Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos populares que no sean de amor.

Al fin, ella se decide: