Ese es un hermoso día para Martín. La compañía de toda aquella gente, porque él es uno de los más altos dignatarios de la asociación, lo ha sacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibuja en su boca. ¡Si llevase con un poco más de soltura su traje de fiesta! El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrás de la cabeza un mechón de cabellos hirsutos.

—¡Mírala! ¡mírala!—exclama de repente agitando su sombrero.

Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala de los Felshammer, que Martín se hizo fabricar expresamente para sus bodas. En el fondo de él, la figura blanca que se apoya en uno de los lados con indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, «la mujer del rico Felshammer», como se susurra al verla pasar.

—¡Mírala que guapa está!—dice Martín tirando a Juan de la manga.

En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y ¡al diablo los modales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla con una mano y el pañuelo con la otra, ríe con abandono, y con la punta de su sombrilla da en la espalda al cochero para que ande más de prisa.

Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra, sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martín.

Está febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera a hablar, pero la voz le falta.

—¡Calma, muchacha, calma!—dice Martín, acariciando sus cabellos que caen entonces en bucles sobre su cuello desnudo.

Juan permanece inmóvil, sumido en su contemplación.

¡Qué hermosa es!