Como un velo tenue, su vestido blanco y diáfano flota en torno de su cuerpo encantador. ¡Y su cuello blanco! ¡Y aquellos hoyuelos en el nacimiento de los pechos! ¡Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobre los cuales se estremece un leve vello de plata! ¡Y aquel pecho redondo y firme que sube y baja como las olas! La joven parece de belleza inaccesible... mujer y reina a la vez. Y esas dos ideas, de mujer y de reina, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite y de melancolía. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todavía, deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a la mujer por delante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud.
¡Qué hermosa es! ¿Cómo la mujer puede ser tan hermosa?
Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabras confusas; está casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, que parece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baile en los que sus pies no querían entrar...
—Están demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos ¿no es verdad?
Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitos de seda celeste, de altos tacones, atados con cintas también de seda y celestes.
—Parecen muy estrechos—dice Martín meneando la cabeza con expresión inquieta.
—Lo son, en efecto—responde ella con una sonrisa.—Las puntas de los pies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailaré mejor, ¿no es verdad, Juan?
Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueños desvanecidos. Después se apoya en el brazo de Martín y quiere que la lleven a su tienda.
Las principales familias del contorno se han hecho levantar allí tiendas especiales, leves cabañas o carpas de lona que les aseguren un abrigo para la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la mañana siguiente. Gertrudis ha ido la víspera a vigilar ella misma la construcción de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puerta con guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda de Felshammer es la más bella de todas.
Mientras Martín trata de abrirse paso por entre la multitud, ella se vuelve presurosa hacia Juan y le pregunta en voz baja: