—¿Estás contento, Juan? ¿Te gusto así?

El hace una seña.

—¿Mucho?... Di, ¿mucho?

—¡Mucho!

Ella respira profundamente; después ríe, ríe satisfecha.

La bella molinera causa sensación en la multitud. Los propietarios forasteros se detienen a contemplarla; los burgueses se dan con el codo a hurtadillas; los jóvenes de la aldea la saludan con cortedad. A su aparición se oye un prolongado murmullo en los grupos. Seria, con una importancia un poco afectada, avanza del brazo de Martín, retirando de cuando en cuando los bucles que flotan sobre sus hombros; y cuando echa la cabeza para atrás, toma el talante de una reina, o, más bien, de una muchacha loca de alegría, que va a hacer la reina y que no está muy segura de su papel.

XIX

Cuando, una hora más tarde, suenan los primeros acordes, la joven exclama con un estremecimiento de alegría:

—¡Ahora soy tuya, Juan!

Martín le recomienda que tenga cuidado con el frío para no caer enferma; pero antes que haya concluido de hablar, los jóvenes han desaparecido. Entonces se resigna, toma un buen vaso de vino de Hungría y se echa sobre el sofá para descansar.