Pensamientos agradables acuden a su mente. ¿No son completamente felices desde que ha venido Juan? ¿No se han hecho ya raras las horas tristes, llenas de presentimientos siniestros, turbadas por el miedo a los fantasmas? ¿No estaba reviviendo él a ojos vistas, vencido por la alegría de esos dos inocentes? ¿No era el día que acababan de pasar la mejor prueba de que su horror a los extraños ha desaparecido y de que sabe asociarse ya a la alegría de los otros? ¡Y Gertrudis cuán feliz es también!... La otra noche, es verdad... ¡Pero qué! ¡Las mujeres son seres débiles, sujetos a muchos caprichos. Todo se arregló en seguida.
La frase que Juan le dijo esa noche vuelve a su memoria: «Todo irá bien, todo se arreglará...» Hace chocar su vaso con los dos vasos vacíos que han dejado los jóvenes.
—¡A la salud de ellos dos! ¡A la feliz unión de los tres hasta el fin de nuestros días!...
Entretanto Gertrudis y Juan se han abierto paso a través de la multitud compacta, y llegan a la puerta de la sala de baile. La ola ruidosa de la música se oye delante de ellos; el aire del interior les da en el rostro, como el hálito ardiente de un pecho humano. En lo claroobscuro de la tienda, las parejas que se agitan, estrechamente enlazadas, pasan frente a ellos; parecen sombras.
Juan anda como en un sueño. Apenas se atreve a fijar sus miradas en Gertrudis; un miedo misterioso lo y le aprieta el pecho como un cinto de hierro.
—Estás muy serio hoy—murmura ella acercando su rostro al brazo de su caballero.
El no responde.
—¿He hecho algo que te haya disgustado?
—Nada, nada—balbucea Juan.
—Bailemos entonces.