En el momento en que el joven le pasa el brazo por el talle, ella se estremece, abandonándose después con un profundo suspiro. Se ponen a bailar. Aspirando con fuerza el aire, ella ladea su rostro contra el pecho de Juan. En la gorra de éste brilla la escarapela, insignia de los tiradores, que lleva ese día; la cinta de seda blanca tiembla sobre su frente. Gertrudis inclina un poco la cabeza y, alzando los ojos hacia él, murmura:
—¿Sabes lo que siento?
—¿Qué cosa?
—¡Me parece que me llevas al cielo!
Y cuando termina esa danza:
—Ven ligero, salgamos—dice;—no quiero tener que bailar con otro.
Le aprieta fuertemente la mano, mientras él se abre paso por entre la multitud. Feliz y orgullosa, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, se pasea de su brazo fuera de la tienda. Ríe, charla y bromea, y él la imita lo mejor que puede. En el ardor del baile ha perdido la timidez por completo... Una alegría terrible arde en sus venas. Entonces, Gertrudis le pertenece en cuerpo y alma, a él solo; lo siente en el temblor de su brazo, que, con ternura y como a escondidas, aprieta con fuerza al suyo; lo adivina en el brillo húmedo de sus ojos, que se alzan furtivamente hacia su rostro. Al cabo de un momento, dice ella un poco contrariada.
—Oye, es preciso ver qué hace Martín.
—Sí—responde él apresuradamente.
Pero se contentan con esa buena intención. Cada vez que se dirigen hacia la tienda ocurre en la parte opuesta algún incidente extraordinario que les hace olvidar su resolución.