De pronto, Martín mismo sale al encuentro de ellos, en medio de un grupo de aldeanos a quienes lleva consigo para obsequiarlos.
—¡Hola, muchachos! Voy a establecer mi cuartel general en el hotel de la Corona; si queréis beber, venid con nosotros.
Gertrudis y Juan cambian una rápida ojeada de inteligencia; después dan las gracias, de común acuerdo.
—Entonces, adiós, hijos míos; y divertíos mucho.
Y se aleja.
—Jamás lo he visto tan contento—dice Gertrudis riendo.
—¡Buena falta le hace!—dice Juan con voz tierna, siguiendo a su hermano con una mirada afectuosa.
Querría ahogar el sentimiento que lo atormenta y que se despierta en él a la vista de Martín.
XX
Ha llegado la tarde... La multitud está bañada por un resplandor purpurino. Un rosado crepúsculo envuelve la llanura y el bosque.