En un rincón solitario de la pradera, Gertrudis, inmóvil, lanza miradas melancólicas al sol que se extingue.

—¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!—exclama abriendo los brazos.

—¡Bueno! ¡ordénaselo!—dice Juan.

—¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!

Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone a temblar de pronto y dice:

—¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.

Después, lanzando una risa clara:

—¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!

Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de baile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen en un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicos para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque todas quieren conocer a la bella molinera.

Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla en sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias de felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.