—¡Deja en paz a mi cuñada!—le dice Juan frunciendo el entrecejo.
El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y sale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de sus camaradas.
Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en la obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de la luna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósfera dulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa la embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuanto más se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...
Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza hacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha de desgracia comienza a torturar su alma.
—¿Qué ha sucedido?—exclama.
—¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.
—¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?
—Martín la ha llevado a vuestra tienda.
—¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?
—Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida y silenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. A pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de la sala.