—¿Y entonces, entonces, qué?

—La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a Martín.

—¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?

—En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque era justo que fuese primero el marido...

Juan suelta una risa estridente:

—Claro, muy justo... ¿y después?

—Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejar a las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de mi desmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido, Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño el zapato; nada más.»

—¿Y entonces?

—Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozar escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabe dónde le aprieta el zapato!»

Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanza fuera.