La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer está completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de llanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer, llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta no cede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.

—¿Quién es?—grita la voz de Martín.

—¡Yo, Juan!

—¡No entres!

Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como una puñalada.

Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y la paz, le gritan: «¡no entres!»

Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina, atravesada por un débil resplandor rojizo.

—¡Juan!—grita de nuevo la voz de su hermano.

—¿Qué hay?

—Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.