Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.

La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro en los hombros... ¡tan pálida y tan bella!

—¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañana al amanecer.

—¿Quiere marcharse Gertrudis?—pregunta Juan impresionado.

—Gertrudis tiene que irse—dice la joven.

Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que se esfuerza por poner una sonrisa.

—¡Tranquilízate, hija mía!—dice Martín acariciándole los cabellos.—Si no se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas, tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo te hará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el carruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino a través de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.

Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.

—El aire es tibio, la hierba está seca—continúa Martín, y Juan podrá acompañarte.

Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.