Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar. El brazo de Gertrudis tiembla bajo el de Juan; éste contempla las brumas de reflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella camina valerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando en cuando exhala un débil quejido.

De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueo de las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondo obscuro del pinar.

—Mira qué bonito—murmura tímidamente.

El responde con un ademán.

—¡Juan!

—¿Qué, Gertrudis?

—¿No me guardas rencor?

—¿De qué?

—¿Por qué abandonaste el baile?

—Porque hacía demasiado calor para mí en la sala.