—¿No es porque bailaba yo con otro?
—¡Oh! de ningún modo.
—Mira, cuando te marchaste, me sentí tan sola, tan abandonada, que tuve necesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. «Hubiera podido prohibirte que bailases con otro», me decía yo... «¿Por quién he venido a la fiesta sino por él? ¿por quién me he puesto tan guapa sino por él?...» Y el pie me ardía mil veces más que antes sufrí un desmayo, y después... de repente... ya sabes lo que me sucedió.
Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como si a pesar de él, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente su cabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alza hacia él; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que se arrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra. Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba.
—Querría quedarme tendida aquí un momento—dice enjugándose el sudor frío que cubre su frente.
Después esconde su rostro entre el césped y permanece así algunos segundos, sin movimiento. El se inquieta.
—Ven—dice;—te vas a resfriar.
Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro.
—Levántame.
Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso.