—No quiero... no puedo...

Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; después se tira sobre la hierba, apoya la mano sobre el corazón y hace un esfuerzo para tomar aliento. Le laten las sienes y está a punto de perder el conocimiento... Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre la corriente y coge agua en las palmas de las manos para bañarse la frente.

Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta el rostro en las manos y gime dulcemente.

—¿Sufres mucho?—le pregunta él.

—Esto me escuece.

—Mete el pie en el agua; se te refrescará.

Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa.

—Eso me ha hecho bien a mí—dice él mostrando su frente, por donde corren todavía las gotas de agua.

Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero su mano tiembla, y se detiene fatigada.

—Deja que te ayude—dice él.