Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue la media, y, arrastrándose hasta la orilla del río, la joven sumerge hasta el tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente.

—¡Oh! ¡qué bien hace esto!—murmura aspirando el aire profundamente.

Después, volviéndose a derecha e izquierda, busca un apoyo para su cuerpo.

—Apóyate contra mí—dice él.

Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimiento corre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle; respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a través de la cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de nácar que hubiera en el fondo.

Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos, en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende una especie de puente de plata a través del río, y la corriente se desliza tranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche les trae sonidos amortiguados de la música; al gruñido monótono del timbal se mezcla el grito sordo del alcaraván.

De pronto, Gertrudis se estremece.

—¿Qué tienes?

—Tengo frío.

—Retira inmediatamente el pie del agua.