Ella hace lo que él le dice, y después saca del bolsillo el fino pañuelo de batista que ha llevado al baile.
—No puede servir de mucho—dice Juan, y con mano temblorosa coge su grueso pañuelo.—Déjame secarte el pie.
Muda, con una mirada tímida y suplicante, Gertrudis deja hacer; y cuando él siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta un vértigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre él su frente ardiente.
—¿Qué haces?—exclama ella.
El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y, lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro.
Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella ríe y llora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia los cabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en la frente y en los ojos.
—¡Oh! ¡cuánto, cuánto te amo!
—¿Eres mía?
—Sí, sí.
—¿Me amarás siempre?