—¡Siempre! ¡siempre! Y tú... no me dejarás nunca sola, como hoy... para que Martín...

Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. ¡Y qué silencio!... A lo lejos suena el timbal... El agua muge...

Los dos se miran entonces pálidos como la muerte. Y ella se pone a lanzar gritos penetrantes:

—¡Jesús! ¡Jesús!

Su voz suena en medio de la noche.

Con un gemido violento él se oculta el rostro entre las manos. Un sollozo sin lágrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciende delante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese a abrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que la víspera de San Juan empezó a parecerle siniestro, y que la noche en que Gertrudis estalló en sollozos en medio de su canto, cruzó su frente como un relámpago para extinguirse un instante después, ese resplandor sube ahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de sus llamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con las torturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazón con un sentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado de bruces en el suelo, y llora, llora amargamente... Con la frente inclinada y las manos juntas, él contempla fijamente el cuerpo encantador que yace delante de él, sumido en la desesperación.

—Entremos—dice con voz sorda.

Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando él quiere levantarla, lanza un grito agudo.

—¡No me toques!

Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan. Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por él, que sostiene sus pasos vacilantes a través del patio del molino. Se secan sus lágrimas; el estupor de la desesperación se lee en sus facciones rígidas y pálidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrar por él como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado, retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus últimas fuerzas, se precipita sola hacia la puerta. Luego, desaparece en la sombra espesa del follaje.