Y se preguntaba algo ansiosa:
—¿Sentiría el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien vestida?
No experimentaba gran satisfacción en ser rica, elegante, admirada.
En el fondo de su corazón, habría preferido que Huberto le demostrase su cariño de otra manera.
Luego, había notado también un ligero cambio en su actitud desde que eran novios. La emoción que mostraba al principio, cuando esperaba solamente se había transformado en una especie de despego lleno de confianza; esto era quizás imperceptible para los demás, pero no escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afección de una manera diversa; María Teresa le encontraba menos dulzura, sumisión afectuosa, más familiaridad y seguridad conquistadora. Esta toma de posesión que no le producía ninguna felicidad íntima, a ella le molestaba. Por intervalos se decía:
—¡Dios mío, qué difícil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten que desearían estar en mi lugar; entonces ¿por qué no estoy satisfecha? ¿No tengo una suerte envidiable? ¡Ah! ¿para qué me habrán dado una educación destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? ¡Cuántas jóvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito, tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me siento invadida por escrúpulos ante la perspectiva de disfrutar demasiados placeres. ¿Es esto lo que me turba? ¿No será más bien el pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para él como el accesorio de una decoración de fiesta?... Pero ¡qué ridícula soy! ¿Por qué preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la Providencia no declarándome completamente satisfecha.
Así, pues, se daba cuenta del vacío y futilidad de la existencia a que Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desaparecía la excitación pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin, a confiar sus temores a su novio.
En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el salón. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopín «porque, había dicho, esa música se armoniza bien con un tiempo oscuro y melancólico.»
Juzgando favorable el momento, dejó el piano y fue a sentarse al lado de Huberto.
—María Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera sorprendente; me sentía emocionado escuchándola.