—Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato de establecer armonías entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas. ¿Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme.

—¡Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre inútiles.

—En el verano pasado usted decía, cuando menos seguro estaba de mí, empleando un lenguaje florido para conquistarme. «No hay palabras inútiles cuando es usted quien las pronuncia...» ¿Por qué no dice ahora lo mismo?

—¡Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba enfáticas y exageradas, y ahora las echa de menos. ¡He ahí lo que son las mujeres!

—Sea; somos variables, y es difícil contentarnos; ya ve usted, me adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quería abordar ante este cielo lúgubre.

—Razón tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversación en armonía con el tiempo, y reconoce que es lúgubre.

—He dicho «hablemos seriamente,» nada más. Hagamos proyectos para el porvenir ¿quiere usted? Por ejemplo ¿ha encontrado alguna ocupación que pueda convenirle?

—¿Cómo?—exclamó Huberto, en tono de burla—¿usted también piensa en eso? Creía que era una idea exclusiva del señor de Chanzelles, y que yo era libre de seguir sus consejos.

—Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que perdonarle esta preocupación, de la que yo participo, porque siempre ha dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted sabe sin duda que, siendo huérfano y sin recursos, edificó con sus propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra fortuna. Siempre me dijo que no consentiría de buena gana en otorgar mi mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada también en la admiración del esfuerzo individual, me había yo prometido conformarme a su deseo, al elegir un marido. Pero he aquí, que una casualidad... feliz... lo ha conducido a usted hacia mí, y que yo no puedo cumplir mi promesa. Busco el modo de conciliarlo todo ¿comprende usted por qué insisto?

—Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una ocupación en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujeción, y que produzca bastante para justificar mi deserción... es difícil. Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra fantasía. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis proyectos.