—Excúseme, señor Martholl—balbuceó el señor Aubry levantándose penosamente,—voy a pasar a mi cuarto, no puedo más...

Y sostenido por su mujer y su hija, salió del salón.

María Teresa volvió pronto, con el rostro oscurecido y los ojos húmedos.

—Mi querida María Teresa, no se atormente usted—le dijo Huberto,—esto será nada seguramente, un poco de anemia, sin duda.

—Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jamás ha estado enfermo. ¿Usted ha visto qué mala cara tiene? Está preocupado; por eso tiene fiebre. ¡Dios mío, si Juan estuviera aquí! él sólo puede ocuparse útilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre.

—Ese Juan de quien usted habla ¿es aquel hermoso joven de aspecto salvaje, que parecía aburrirse tanto en Saint-Jouin, el día que hicimos el paseo?

—Es él. Excúseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir a acompañar a mi padre.

—Vaya, querida amiga; además, me despido de usted hasta mañana que vendré en busca de noticias.

—¡Oh! ¡sí, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por mí, sobre todo. Lo espero...

Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin pronunciar una palabra más, experimentó una gran decepción. Ella, que observaba con serenidad los acontecimientos, sintió de pronto llenarse su corazón de tal angustia, que se desplomó sobre un sillón, sollozando.