—Amigo mío, ¿qué tienes? ¿qué ha sucedido?

Jaime la interrumpió:

—Querida mamá, no te alarmes. El médico que se llamó cuando papá se encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado por el trabajo.

—No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algún tiempo.

—Sí, pero además hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha trastornado.

—Es cierto—declaró el señor Aubry con voz débil,—he tenido una fuerte conmoción... moral... una gran contrariedad... No sé lo que pasó después... me desvanecí.

—Rousseau, el jefe de los talleres encontró a papá tendido, sin conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de mandar buscar un médico y de llamarme por teléfono.

—No te inquietes, querida mía—y el señor Aubry para tranquilizar a su esposa trató de afirmar la voz:—estoy mejor. Pero quisiera acostarme. Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo necesito.

Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una preocupación grave, se apresuró a tranquilizarlo.

—Puedes estar seguro, papá, de que Juan se hallará aquí mañana a la noche, si no es imposible. Corro al telégrafo.