—Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarán: inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una ciudad interesante que no le disgustará conocer. Después iremos a Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra disposición para dar un paseo por el Adriático.
Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un carruaje que penetraba bajo el pórtico del hotel la inquietó.
—¿Qué es eso?—exclamó levantándose.
Casi inmediatamente sonaron las campanillas eléctricas y voces, en el silencio de la casa. María Teresa se excusó y salió precipitadamente.
Algunos minutos después, la puerta del salón se abría, para dar paso al señor Aubry, sostenido por sus dos hijos.
Estaba muy pálido; se dejó caer pesadamente sobre un sofá; luego, a Martholl le dijo:
—Discúlpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido en la fábrica y han tenido que traerme en coche como un bulto.
Al pronunciar estas palabras con voz débil, el señor Aubry trataba de sonreír.
—Señor—protestó Huberto,—usted me deja confuso; creo que puedo ser considerado por usted como perteneciente a su familia.
La señora Aubry entró. Se dirigió hacia su marido, le tomó las manos y le preguntó, temblorosa: